Al estrenarse en 2014, ‘The Equalizer’ fue objeto de comparaciones con todas esas películas sobre hombres de avanzada edad dotados de una serie de habilidades concretas que Liam Neeson ha protagonizado últimamente, y se entiende. Sin embargo, lo cierto es que Robert McCall (Denzel Washington) es menos parecido al justiciero de la saga ‘Venganza’ que a un superhéroe de cómic. Sus superpoderes son varios: posee una habilidad única para localizar primero a aquellos más vulnerables y oprimidos y dar caza después a sus opresores. Asimismo, puede anticipar mentalmente los movimientos de sus adversarios y por tanto permanecer en todo momento un par de pasos por delante de ellos. Por último, tiene una capacidad sobrehumana para que la exagerada brutalidad con la que ecualiza a sus enemigos no ponga en entredicho su imagen de pacifista.

Esto último queda claro nada más arrancar su nueva aventura; en un tren con destino a Estambul, disfrazado de devoto musulmán, McCall impone su castigo a un fulano que ha secuestrado a su hija, pero no sin darle a escoger la forma menos dolorosa de recibirlo. Posteriormente, antes de dar cera a unos ricachones violadores, les ofrece la oportunidad de entregarse. El señor Ecualizador es un tipo duro pero compasivo, y un perfecto caballero, al menos hasta que decide partir dedos en dos como si fueran palitos de pan.

Tras esos ejercicios de calentamiento iniciales, el héroe se adentra en el misterio central de la película, una conspiración criminal que afecta a uno de sus contactos en la CIA. El director Antoine Fuqua va haciendo avanzar esta trama de forma innecesariamente lenta, haciendo que McCall tarde una eternidad en descubrir lo que cualquier espectador mínimamente despierto dará por hecho de inmediato. Quizás el problema del Ecualizador es que tiene demasiadas otras cosas en las que pensar, como un asunto relacionado con un superviviente del Holocausto y un cuadro perdido o la relación paternofilial que establece con un adolescente cuyo prometedor futuro es puesto en jaque por la tentación de unirse a la banda callejera del barrio.

Ashton Sanders y Denzel Washington, en 'The Equalizer 2'. (Sony)
Ashton Sanders y Denzel Washington, en ‘The Equalizer 2’. (Sony)

Mientras todo eso sucede, la película ofrece menos escenas de acción que su predecesora y a cambio pasa más tiempo contemplando a McCall mientras nos ofrece un muestrario de expresiones que denotan estoica tristeza. Y es que ‘The Equalizer 2’ parece querer ser más que un simple ‘actioner’: aspira a funcionar a modo de sombrío estudio psicológico, y como reflexión sobre el arrepentimiento, y como oda a los marginados de la sociedad.

El resultado de ‘The Equalizer 2’ es pura incongruencia

El resultado, inevitablemente, es pura incongruencia. Por un lado, la película incluye primeros planos de ojos arrancados y tripas abiertas en canal; vemos fotos de familia salpicadas de sangre y sesos. Por otro, esos momentos se alternan con escenas en las que McCall pronuncia más y más discursos larguísimos sobre la importancia de las buenas maneras y el trabajo duro. En serio, el tipo no se calla. Y el problema no es que un personaje que por un lado predica civismo y por otro disfruta ejerciendo la violencia sea una contradicción andante, sino que ‘The Equalizer 2’ no parece ver la contradicción por ningún lado.

Cartel de 'The Equalizer 2'.
Cartel de ‘The Equalizer 2’.

Peor aún que eso es que, en última instancia, a McCall no hay por dónde agarrarlo. No tiene personalidad, ni dimensión ni rasgos que permitan identificarlo como una persona real. Es un defensor imparable e inacabablemente virtuoso, un ángel de la guarda tan implacable como soporífero. ¿Qué hace un intérprete de la talla de Denzel Washington dando vida a un personaje como este, por segunda vez? El actor, claro está, es libre de financiarse una tercera residencia a pie de playa de la manera que más le convenga pero, en todo caso, usarlo a él para protagonizar esta saga es como poner a Ferran Adrià al frente de un McDonald’s: el tipo hará su trabajo, y probablemente lo hará muy bien, pero su talento sin duda se aprovecharía mucho mejor aplicado a otras tareas.