Desde que el cine es cine, el terror ha cultivado con ahínco el subgénero de las películas de monstruos, esas en las que una criatura cada vez más grande, más sanguinaria y más ignota se convierte en una amenaza para la especie humana. Dentro de esta temática, podría oficializarse otra subdivisión protagonizada exclusivamente por escualos o cualquiera de sus mutaciones imaginables, incluso las más peregrinas: si en 1975 a Steven Spielberg le bastó con imaginar como archienemigo de un policía local con miedo al agua a un tiburón blanco de gran —pero factible— envergadura, 40 años más tarde y después de haber pasado por tiburones-dinosaurio, tiburones-fantasma, tiburones-tornado y tiburones de dos y tres cabezas, el público no puede conformarse con lo factible: solo vale lo increíble, la desmesura, la hipérbole demencial.

De un tiempo para acá, además, este tipo de producciones, cuya alma es la de cine de serie B, ha ido escalando en la cadena trófica de Hollywood hasta acaparar presupuestos de clase A y conseguir que estrellas de cierto renombre acepten bucear delante de bestias hechas por ordenador a cambio de suculentos cheques. Y estos experimentos antinatura anabolizados a golpe de billetera acaban engendrando un nuevo subproducto: la ‘serie requete B’, por ponerle un nombre. Como prueba: en este tórrido agosto, coinciden los estrenos en España de ‘Megalodón’, ‘The Meg’ en su título inglés, con 130 millones de euros de presupuesto y Jason Statham como ‘cabeza de cartel’, y en Estados Unidos de ‘Megalodon’, sin acento, protagonizada por un Michael Madsen en horas muy, muy bajas y producida por The Asylum, el famoso estudio de cine de bajo coste responsable de ‘Sharknado’.

Una imagen de 'Megalodón'. (Warner)
Una imagen de ‘Megalodón’. (Warner)

En ‘Megalodón’, con acento, que es la que nos ocupa, es palpable, sobre todo, la gran inversión de los productores en el diseño y construcción de todo tipo de cachivaches y vehículos a propulsión: la película dirigida por John Turteltaub —’La búsqueda’ (2004), ‘La búsqueda 2’, (2007), ‘El aprendiz de brujo’ (2010), todas con Nicolas Cage de protagonista— es la hija bastarda de ‘Fast and Furious’ (2001) y ‘Deep Blue Sea’ (1999). Cápsulas submarinas capaces de echar carreras bajo el agua, robots controlados por tabletas, arpones de largo alcance y centros de investigaciones oceanográficas que parecen más bien naves espaciales futuristas. El despliegue de lujo tecnológico que haría un oligarca o un deportista con más dinero que ideas sobre cómo gastarlo. Además, no puede faltar el tipo duro de mirada intensa, una versión moderna y musculada del detective de cine negro que, aunque atormentado y alcohólico, es el mejor en su trabajo. Aunque cualquier nutricionista corroboraría que los abdominales de Jason Statham no son compatibles con la cerveza, por muchos botellines que le pongan en la mano durante la presentación de su personaje.

‘Megalodón’ ofrece un lujoso catálogo de cápsulas submarinas capaces de echar carreras bajo el agua y robots controlados por tabletas

Statham, en esta ocasión, da vida a Jonas Taylor, un antiguo piloto de submarinos que después de sufrir un encontronazo con una bestia abisal desconocida y de perder al resto de su tripulación pasa sus días intentando amortiguar la culpa a base de tercios y tirado a la bartola en las playas del sudeste asiático. Sin embargo, después de que un equipo de investigadores desaparezca en las profundidades abisales de un área recién descubierta, Taylor se verá en la obligación moral de volver al servicio y encontrar la nave siniestrada: las últimas comunicaciones con la nave indican que fueron atacados por algo no identificado, quizá por la misma criatura que en el pasado lo atacó a él.

Una imagen del reparto principal de 'Megalodón'. (Warner)
Una imagen del reparto principal de ‘Megalodón’. (Warner)

Junto a Suyin (Bingbing Li), una experimentada piloto y bióloga marina hija del Doctor Zhang (Winston Chao), el director del centro oceanográfico del que forma parte la tripulación extraviada, Taylor volverá a descender al abismo para reencontrarse con su pasado: en la oscuridad abisal, aguarda el megalodón, el tiburón más grande y poderoso conocido y al que se creía extinto más de dos millones de años atrás. A partir de aquí, la película sigue paso a paso la convención: la criatura se revela como una amenaza para la especie humana —en realidad, para pescadores y bañistas— y los protagonistas tendrán que darle caza a través del océano antes de que se dé un festín.

Recurre a una trama manida, a explosiones de sensiblería nada sutiles y a unos efectos especiales muy mejorables

Más allá de su trama manida, de las explosiones de sensiblería nada sutiles —hay que dar empaque a los personajes, aunque sea a brochazos— y de unos efectos especiales muy mejorables, ‘Megalodón’ funciona mejor como un golpe en la mesa de la industria de cine china —la gran financiadora del proyecto, que demuestra sus posibles como potencia cultural— que como relato de aventuras. Porque ‘Megalodón’ es plana y previsible, y en ningún momento consigue generar ningún tipo de tensión ni de suspense: ese personaje que nada más aparecer tenga cara de carnada, lo será.

Cartel de 'Megalodón'.
Cartel de ‘Megalodón’.

La única secuencia de cierto interés de todo el metraje se apoya en una extraña mezcla de humor y gore cerca del final de la película, cuando el director, además, hace un guiño a la escena más icónica del primer ‘Tiburón’, protagonizada esta vez por un niño asiático que tiene más instinto de protección por su helado que por su vida.

A pesar de su presupuesto millonario, ‘Megalodón’ no consigue zafarse de su esencia de cine barato. Por mucho Jason Statham y por mucha Ruby Rose que aparezcan en los créditos, la enésima película del escualo asesino mona se queda. El poco cariño y las nulas ganas que ha puesto el equipo en la película hacen que, a pesar de este agosto torrefacto, esta propuesta que hace aguas por todos lados resulte todo menos refrescante.