Como resulta ya habitual en la era de la nueva ficción televisiva, Jon Hamm labró su prestigio en una serie de culto como ‘Mad Men’. El actor jubiló a Don Draper en 2015. Y sin embargo, no acaba de encarrilar su carrera ni ha encontrado en la gran pantalla el acomodo que le corresponde a un intérprete de su carisma. El papel protagonista en ‘El rehén’ es uno de los roles más potentes que ha encarnado hasta el momento en el cine. Y además le sienta como anillo al dedo. Hamm encarna a Mason Skules, un diplomático que al inicio del filme, en plena recepción en su residencia en Beirut en la década de los setenta, muestra unas habilidades sociales y profesionales que no quedan lejos de las que presentaba como publicista en el papel que le hizo famoso en ‘Mad Men’. Cuando, tras este prólogo, se convierte en un tipo más sombrío con cierto aire trágico, tampoco se distancia tanto del Draper más atormentado.

El protagonista de ‘El rehén’ abandona su carrera como diplomático después de que un ataque terrorista a su residencia acabe de forma catastrófica. Una década después, cuando el Líbano se encuentra en plena guerra civil, es requerido para que regrese a fin de colaborar en una negociación. Un grupo armado ha secuestrado a Cal, un antiguo amigo de Mason que estuvo implicado en el fatal desenlace del asalto a su casa. Por su parte, uno de los secuestradores, Karim, también es un viejo conocido del protagonista, lo que añade un factor humano a toda la negociación. Karim exige, a cambio de liberar al norteamericano, que Israel le devuelva a su hermano mayor, al que presuntamente retiene por ser uno de los responsables de la masacre en Múnich durante los Juegos Olímpicos.

Otro momento de 'El rehén', con Jon Hamm de protagonista. (DeAPlaneta)
Otro momento de ‘El rehén’, con Jon Hamm de protagonista. (DeAPlaneta)

Así se despliega un ‘thriller’ de espionaje con negociaciones a tres bandas, entre los agentes de la CIA, miembros del Mossad y los secuestradores árabes, una célula ‘a priori’ independiente de la OLP, que también asoma la cabeza en algún momento. Tony Gilroy, guionista de renombre a quien debemos la saga ‘Bourne’ y parte del libreto de ‘Rogue One: una historia de Star Wars’, escribió ‘El rehén’ a principios de la década de los noventa, tras conocer a un analista de la CIA y dedicarse durante un año a estudiar a fondo la guerra civil en el Líbano. Lo que le permitió, según él, dibujar de la forma más realista posible el contexto en que se desarrolla la trama. La historia durmió en un cajón un par de décadas hasta que ha conseguido ver la luz de la mano del director Brad Anderson, a quien conocemos, entre otras cosas, por firmar un par de guiones producidos por Filmax, ‘El maquinista‘ y ‘Transsiberian‘.

Su visión de Oriente Medio y sobre todo su retrato de los árabes como antagonistas resulta del todo anacrónica

A ‘El rehén’ se le nota que fue gestada en otra época. Su visión de Oriente Medio y sobre todo su retrato de los árabes como antagonistas resulta del todo anacrónica, más en el panorama del cine estadounidense pos-‘Múnich‘ (2005). Situada en un contexto histórico similar, la película de Steven Spielberg reseguía y justificaba la actuación del grupo del Mossad que se dedicó a localizar y asesinar a los miembros de Septiembre Negro, los responsables de la matanza en los Juegos Olímpicos de 1972. Pero también, en un movimiento inédito en el cine de Hollywood, cedía la palabra a los miembros de la OLP para que explicaran sus razones, en una espléndida escena en ese piso franco donde van coincidiendo miembros de los grupos armados más diversos. Spielberg no dejaba de situarse en un bando del conflicto, pero humanizaba a todos los personajes. Los miembros del Mossad asumían (o no) hasta qué punto se estaban convirtiendo en algo monstruoso. Los de la OLP dejaban claro los motivos de sus actos.

Otro momento de 'El rehén', con Rosamund Pike. (DeAPlaneta)
Otro momento de ‘El rehén’, con Rosamund Pike. (DeAPlaneta)

Los responsables de ‘El rehén’ quieren plantear su intriga en Oriente Medio desde esa perspectiva ‘a priori’ equidistante que ofrece observar los trapos sucios de una negociación entre diferentes agencias secretas. Las conversaciones entre las partes implicadas para llevar a cabo el intercambio de rehenes tienen algo de mercadeo, un tanto de juego de ajedrez y lo menos de estrategia geopolítica. La tensión diplomática se combina con la acción en las calles de Beirut, donde el personaje de Hamm no deja de ser conducido de un sitio a otro.

Como ‘thriller’ de espionaje, ‘El rehén’ apela a cierto espíritu del ‘thriller’ político de los setenta

En el tira y afloja para rescatar al rehén se hacen evidentes los roces entre Estados Unidos e Israel, sobre todo ante la vocación expansiva del Estado judío en Oriente Medio. Entre los agentes norteamericanos también hay trapos sucios, aunque como es habitual en estos casos la supuesta bondad de la Administración siempre acaba expulsando del sistema a las puntuales manzanas podridas. Así que el filme acaba retratando a unos protagonistas estadounidenses que siempre juegan limpio frente a los violentos, desagradecidos, traicioneros e ingobernables libaneses.

Cartel de 'El rehén'
Cartel de ‘El rehén’

Como ‘thriller’ de espionaje, ‘El rehén’ apela a cierto espíritu del ‘thriller’ político de los setenta, y a favor de su vocación de sobriedad, hay que decir que evita cualquier implicación romántica entre el personaje de Jonn Hamm y la protagonista femenina, la agente de la CIA a quien encarna Rosamund Pike. Pero el filme se queda lejos de la complejidad política y el espíritu desencantado de las películas de aquella época y acaba cayendo en el simplismo político y racista propio de la era Reagan. Al tiempo que no acaba de levantar el vuelo como cinta de acción con un escenario de polvorín geopolítico de fondo.