Federer se lamenta tras fallar un golpe en el quinto set ante Anderson.

Con dos sets a favor y una bola de partido en el tercer set, el suizo acabó sucumbiendo en cuartos de final frente a Anderson en 4 horas y 14 minutos

La pista 1 del All England Club asistió a un espectáculo inesperado. Roger Federer, el ídolo de la multitud, el genio que caminaba sin mácula hacia su noveno título de Wimbledon, cayó de forma sorprendente ante Kevin Anderson en cuartos de final. El sudafricano, octavo cabeza de serie, venció por 2-6, 6-7 (5), 7-5, 6-4 y 13-11, en cuatro horas y 14 minutos. Adiós a Federer, quién sabe si en su última tentativa real de volver a levantar la copa en su escenario idílico. Elegante, contenido, el vencedor apenas celebró la victoria, consciente del arrebato de melancolía que inundó de inmediato el recinto.

Víctima de su propia suficiencia, de la asombrosa facilidad con la que venía resolviendo sus partidos, el suizo se metió en un buen lío. Poco a poco, fueron esfumándose las sucesivas emulaciones de sí mismo que estaba presto a superar. Ya en el segundo set, que se llevaría en el desempate, vio cómo Anderson se convertía en el primer hombre que lograba romperle el saque en Wimbledon desde que lo hiciera Tomas Berdych en las semifinales del pasado año, colocándose con ventaja de 3-0. Federer se había presentado en cuartos con 81 juegos consecutivos ganados al servicio. El sudafricano levantó un punto de partido con su saque y se llevó el tercer set. Otra torre que caía. De haber vencido en tres parciales, hubiera sumado 35 seguidos, superando los 34 acumulados entre la tercera ronda de 2005 y la final de 2006.

Anderson detectó el momento, vio las muestras vacilantes de un jugador distraído, traicionado por su propia inercia. Ese Federer demasiado contemplativo, que se llevó el desempate del segundo set al resto tras contar con una oportunidad de apuntárselo con su servicio, ya no encontraba tan fácilmente las oportunidades de manejar el partido a su antojo. También el sudafricano había empezado a afinar con el saque, resolviendo sus juegos sin mayores quebrantos. Los datos estadísticos no eran más que signos clamorosos de su dominio en un torneo que ha ganado ocho veces, la plasmación de una superioridad incuestionable. El problema ahora era que, sin apenas darse cuenta, se le había complicado el pase a semifinales.

Campeón en Stuttgart y finalista en Halle, donde le sorprendió Borna Coric, su regreso a las pistas desde Miami avalaba la exitosa fórmula de la temporada pasada. Camino de los 37 años, Federer lleva dos cursos sin pisar la tierra batida, concentrado en las superficies donde aún hace mucho daño, y en la hierba lo consigue como en ninguna otra. Anderson asomaba como uno más en la ristra de cadáveres que iba dejando a su paso hasta que escapó del finiquito en el noveno juego del tercer set. Fue otro a partir de ahí, respaldado por un servicio cada vez más firme, con el que sumó 28 aces. Con él salió adelante del delicado trance de una pelota de ruptura en el octavo juego, que hubiera situado al número dos del mundo con 5-3 y servicio en el quinto. La victoria ya no pasaba por las manos de Federer; una plácida tarde en el jardín se había transformado en un inquietante paseo entre tinieblas.

Afilado el colmillo, Anderson no estaba dispuesto a soltar a su presa. El quinto set avanzaba con ambos protagonistas seguros con su servicio. Federer contaba con la ventaja de hacerlo primero, por lo cual marchaba siempre por delante en el marcador. Pero ni un paso atrás en el frente del último finalista del Abierto de Estados Unidos, inmune a la presión, aplicado a lo que mejor sabe hacer desde sus más de dos metros de altura. Fue al ocho veces campeón al que le tembló la mano, con una doble falta que acabó por costarle el juego y una desventaja de 12-11 en el último parcial. El peaje fue definitivo. Anderson no falló en el juego siguiente. Hizo su trabajo y dejó Wimbledon en estado de orfandad.