EFE

Empecemos por lo evidente: Lopetegui no lo hizo bien, no es inocente, no es un despido salido de la nada. La Federación, a 48 horas del Mundial, no puede enterarse cinco minutos antes de que su seleccionador va a entrenar al Real Madrid. Florentino y técnico tenían que haber mantenido a Rubiales informado. Vale, creo que estaremos todos de acuerdo en que Lopetegui antepuso su carrera a su actual trabajo. Lícito, pero feo. Muy feo.

Dicho esto, la actuación de Rubiales a partir del bombazo es un ataque de cuernos de manual. Ni más ni menos. Y todos (sí, todos) sabemos que en esas circunstancias jamás elegimos con cabeza ni con sentido. El orgullo le cegó y acabó tomando una decisión que a él le aliviará momentáneamente (“Mira qué fuerte soy”), pero que lo único que hace es convertir una gotera en una inundación.

Lopetegui nunca fue su hombre, fue la famosa herencia recibida. Pero unos resultados impecables, un apoyo sin fisuras de la plantilla y una poco habitual paz social alrededor de la selección, le forzaron a adoptarle y renovarle. Ahí fue inteligente. Por desgracia, ese resquemor inicial acabó fulminando esa sensatez en esta crisis narrada en directo para todo el planeta desde Krasnodar. El ridículo es bíblico.

Despedir al entrenador que ha preparado este Mundial y sigue contando con la confianza absoluta de los jugadores, de Ramos a Piqué pasando por Costa, es poner por delante su supuesta dignidad que su responsabilidad real. España es hoy una selección más débil que ayer. Y eso es lo único que debería preocupar a Rubiales. Pero no, él sólo quería quedar por encima. Y no lo ha logrado.