Sherman McCoy es un ‘amo del Universo’ pero acaba de cagarla. Con el pretexto de sacar a su indomable perrito a pasear en una tarde de lluvia, ha emergido de su gigantesco apartamento de yuppie en Park Avenue, Nueva York, dejando allí a su esposa Judy con la mosca tras la oreja, ha entrado en una cabina y ha marcado el número de María para citarse con ella. O eso creía porque cuando una voz femenina descuelga y él pregunta por el nombre de su amante, le responde la sorprendida voz… de su mujer. Santo Cielo. Aterrado piensa qué puede hacer para explicarse cuando, de pronto, se fija en una figura oscura que se acerca a él por la acera. “Había comenzado a sentir esa tremenda preocupación que ocupa la base misma del cerebro de todos los vecinos de Pak Avenue sur y de la calle Noventa y seis: la amenaza que supone para cada uno de ellos un joven negro, un chico alto, fuerte, calzado con zapatillas deportivas de color blanco”. Pero el chico pasa de largo y McCoy marcha en busca del consuelo de María. No sabe que acaba de encender una hoguera en la que arderá su éxito, su familia y su futuro, la hoguera de las vanidades.

Tom Wolfe escribió ‘La hoguera de las vanidades’ (Anagrama) por entregas, capítulo a capítulo, “y sin red de seguridad”, en la revista ‘Rolling Stone’ a mediados de los 80. Entonces era probablemente el periodista más célebre y más leído de Estados Unidos y había proclamado la superioridad del nuevo periodismo ‘literario’ sobre la vieja y marchita novela con aquella andanada dirigida al entonces máximo novelista norteamericano, el premio Nobel Saul Bellow: “Maldita sean todos, Saul, han llegado los bárbaros“.

Años más tarde, tras el tremendo éxito de ‘La hoguera de las vanidades”, Bellow se cobraba su venganza en una entrevista: “Y aquí está Tom Wolfe haciéndose rico con una novela unos años después, una novela que por cierto es la más asombrosa serie de anuncios de autopista que he visto jamás. Proféticamente, no parece muy coherente“.

'La hoguera de las vanidades'. (Anagrama)
‘La hoguera de las vanidades’. (Anagrama)

En aquella primera y voluminosa novela de Wolfe aparecían sin duda autopistas -aquel caos de conexiones en las que McCoy se equivoca de salida junto a María al principio del libro para desembocar asustado en la noche de Harlem, atropellar, matar a un joven negro y darse a la fuga- pero había mucho más. ‘Amos del Universo’ con hipotecas de un millón de dólares en caída libre, impasibles familias de la aristocracia financiera, reverendos negros y populistas listos a lanzar a sus seguidores al ‘agit prop’ que mantenga sus asistenciales prebendas, periodistas desesperados a la caza de historias, un fiscal llamado Lawrence Kramer, perdedor y pobretón que se alzará finalmente como el pequeño David heróico capaz de tumbar al Goliat de los bonos. Y “la chica del pintalabios marrón”, por supuesto.

El escenario donde ocurría todo aquello no podía ser más majestuoso y decadente. Nueva York era en los años ochenta -antes del tratamiento de ‘shock’ al que Giuliani sometería a la ciudad en la década siguiente- una de las ciudades más peligrosos del mundo, atormentada por el crack y los tiroteos, con las múltiples razas y etnias que poblaban sus calles en una efervescente defensiva. Pero también era el centro financiero del mundo desde cuyos rascacielos los brókeres observaban a unos mortales que de lejos parecían moscas. No por casualidad 1987, el año de la publicación de ‘La hoguera de las vanidades’, fue también el del estreno de ‘Wall Street’ en la que Oliver Stone erigió al tiburón Gekko -contra su voluntad- en un héroe para varias generaciones de yuppies.

‘La hoguera de las vanidades’ vivió su propia adaptación cinematográfica en 1990 con Bruce Willis, Tom Hanks y Melanie Griffith. No fue aquella la mejor película de Brian de Palma. Traicionaba el espíritu de la novela sin ofrecer nada a cambio y por momentos parecía pueril, si no ridícula. Aquel film en el que el siempre triunfante Tom Hanks firmó el peor papel de su carrera demostró que ni siquiera una estupenda historia garantiza una película pasable.