Koke Resurección, durante el entrenamiento del Atlético de Madrid en Lyon. GUILLAUME HORCAJUELOEFE

Jugó sólo un minuto en la final ante el Athletic, en 2012; ahora es imprescindible para el Atlético de Simeone

“Podía ocupar cualquier posición en el centro. Es un reloj suizo”, dice Abraham García, su entrenador en el segundo equipo

Unas semanas después de conquistar la Liga y perder la final de Champions en Lisboa, en el verano de 2014, Simeone irrumpió en los televisores para promocionar la Liga en Canal +. «Si te atreves a imaginar, serás lo que quieras ser. Sé Ronaldo. Sé Messi. Sé Koke». Y en ese momento, Koke (Madrid, 1992) pasó a otra dimensión. En realidad, ya lo había hecho hacía tiempo con la precisión de su bota derecha, vital para interpretar el balón parado desde el que el Atlético asaltó el título. Y, sobre todo, con su mente, capaz de intuir como ninguna otra las intenciones de Costa (le ha dado 15 pases de gol) y, antes, de Falcao (6). También le deben alguna que otra cena Griezmann (12) y Torres (8), el ídolo que le hizo emocionarse en su regreso, siendo ya profesional. Pero hace seis años, en Bucarest, camino de la segunda Europa League, sólo tuvo un minuto para corretear sobre el césped. Desde aquella noche, no ha vuelto a entenderse una final sin él.

«¿Imprescindibles? Godín, Koke y poco más», volvió a repetir Simeone un año después de aquel spot televisivo. Y ahí sigue Koke, el tímido chaval convertido hoy en uno de los capitanes. Cuando falten Torres, a quien le quedan dos partidos, y Gabi no habrá otro como él para sostener el sentimiento. Él, un tipo que clavó la bandera del Atlético en el corazón del Bernabéu tras ganar la final de Copa (2013), luego de 14 años sin hacerle cosquillas al vecino. «Fue algo inolvidable», admitía el protagonista. El caso es que cuando Koke se constipa, al Atlético le suele dar por estornudar, y fuerte.

Frescura e imaginación

Esta temporada, sin ir más lejos, se resfrió en otoño (un edema muscular en el muslo), con su equipo jugándose el porvenir en Champions. Sin él, faltó imaginación y frescura durante los dos partidos frente el Qarabag. «Hasta en un mal día, aporta algo positivo al juego», deslizan desde el vestuario. «No tiene la fuerza de Gabi, pero le sobra calidad y sentimiento», añaden. «Es uno de los jugadores que mejor lee el juego por su trabajo, entrega, inteligencia y talento», le definía, este martes, Simeone, el hombre que se lo encontró en la puerta de salida. Era el invierno de 2011. «Estaba a punto de irse al Málaga, que era un equipo en trayectoria ascendente, y le dije: ‘no tengo forma de demostrártelo, pero vas a ser importante’, y por suerte así fue», cerraba el argentino.

Uno que le conoce bien es Abel Resino, que le hizo debutar en Primera en 2009, con 17 años. Fueron 23 minutos en el Camp Nou. «Era diferente a los demás. Daba un equilibrio importante al equipo y me recordaba mucho a Xavi. Es capaz de adaptarse con inteligencia a cualquier posición», explica el técnico toledano. «Con Simeone tiene que trabajar mucho más y se le ve menos en ataque», prosigue. También le tiene controlado al milímetro Abraham García, que le entregó la titularidad en el filial siendo aún un juvenil de primer año. «Le solía decir que era un todocampista, podía ocupar cualquier posición en el centro. Era un reloj suizo», recuerda su entrenador en el segundo equipo. «Siempre mostró una tremenda personalidad y madurez y era muy respetado por los mayores en el vestuario del filial». Y eso que por allí andaban De Gea, Domínguez, Rubén Pérez o Keko.

Koke lloró en Lisboa (2014). Le volvió a ocurrir en Milán, dos cursos después. Y, hace ahora un año, en la sala VIP del Calderón, le sucedió de nuevo, sólo que eran lágrimas de felicidad. La culpa la tuvo un vídeo que escarbaba en su pasado atlético. Acababa de jurar amor eterno hasta 2024 (cuando tenga 32 años) y cláusula de 150 millones. Está en el primer escalafón salarial con 7,5 millones netos, sólo superado por Griezmann y Costa. Jugará su segundo Mundial. Pero antes, el altar. Le espera Beatriz.