Contaba Tom Wolfe en ‘El nuevo Periodismo’ -la antología que reunió los reportajes con los que sus compañeros de generación renovaron estrepitosamente el arte de escribir en periódicos- la historia de un plumilla que siempre soñaba con dejar el trabajo, refugiarse en una cabaña en la montaña para escribir una novela y ganar el Pulitzer… y lo logró. Lo paradójico es que él mismo se reía en esas páginas de las pretensiones de la novela en un tiempo que ya no era el suyo y, sin embargo, tiempo después su mayor éxito, el que le hizo millonario, fue una novela a la usanza más clásica: ‘La hoguera de las vanidades’. Tom Wolfe ha muerto hoy en Nueva York a los 87 años.

Wolfe nació en Richmond (EE.UU) en 1931, declinó una oferta de la Universidad de Princeton para estudiar Literatura en Washington and Lee y, tras un intento infructuoso de dedicarse al béisbol, comenzó a colaborar en periódicos como The Washington Post, Enquirer y New York Herald. Obsesionado con aplicar las técnicas de la literatura de ficción a un periodismo que le aburría, la agitación de los 60 desplegó ante él un terreno propicio para darle la vuelta a la profesión con su estilo hiperbólico, un realismo tan innegociable como paradójico y una incansable provocación.

'La hoguera de las vanidades'
‘La hoguera de las vanidades’

En la introducción a ‘El nuevo periodismo’ (Anagrama, 1977), Wolfe resumía así un invento cuya piedra angular era la recuperación del reportaje en su sentido más ambicioso: “El caso es que al comenzar los años 60 un nuevo y curioso concepto, lo bastante vivo como para inflamar los egos, había empezado a invadir los diminutos confines de la esfera profesional del reportaje. Este descubrimiento, modesto al principio, humilde, de hecho respetuoso, podríamos decir, consistiría en hacer posible un periodismo que… se leyera igual que una novela“.

La imagen de Wolfe era inconfundible. Ya desde muy joven comenzó a vestir su sempiterno y cegador traje blanco con sombrero a juego que, como inmortalizó ‘Los Simpson’, siempre parecía tan inmaculado que debía llevar otro recambio exactamente igual debajo por si se manchaba. Después de que los chicos de su quinta, los ​Joseph Mitchell, John Hersey, Michael Herr, Norman Mailer o Hunther S. Thompson, -esa “banda que escribía torcido” como los bautizó Marc Weingarten- sacudieran la profesión dando lugar a incansables legiones de imitadores aún vivas hoy -bastante cansinas- y también a ciertos detractores que sospechaban -en algunos casos con razón- de la verosimilitud de estos “reportajes literarios”, Tom Wolfe decidió reírse de todo el mundo y hacerse rico: escribió una novela.

‘La hoguera de las vanidades’ fue publicada en 1987, sumaba cerca de mil páginas y en un estilo furiosamente realista entonaba un majestuoso cuadro satírico de la prodigiosa y ultraviolenta Nueva York ochentera. Su protagonista era un ‘Amo del Universo’, uno de aquellos brókers insaciables que, como el Gordon Gekko de ‘Wall Street’ -estrenada el mismo año-, atesoraban fortunas en sus apartamentos blindados mientras los negros morían a tiros en Harlem. Hasta que una infidelidad y una mala noche se cruzan en su camino… La novela vendió millones de ejemplares en todo el mundo y en 1990 Brian de Palma dirigió una adaptación con Bruce Willis, Tom Hanks y Melanie Griffith. notablemente inferior. Sus novelas posteriores -‘Todo un hombre’ (1987), ‘Soy Charlotte Simmons’ (2004) y ‘Bloody Miami’- recibieron una atención declinante.

Tom Wolfe firma libros en Buenos Aires en 2008. (EFE)
Tom Wolfe firma libros en Buenos Aires en 2008. (EFE)

La histriónica independencia de Tom Wolfe se revolvió desde muy pronto contra su sustrato político natural: el que debía nutrir a un periodista progre neoyorkino madurado en los 60. Los principales fetiches ‘liberales’ fueron sufriendo uno a uno sus cargas de profundidad en reportajes largos y libros que hoy siguen leyéndose deliciosamente. Primero le tocó el turno a la pintura de vanguardia -‘La palabra pintada’ (1975)-, después a esa arquitectura moderna que no soportaban los mismos millonarios que la encargaban para sus imponentes y espantosos glass box -‘¿Quién teme a la Bauhaus feroz?’ (1981), y por último a la progresía ‘au complet’ fascinada por el lumpen y satirizada despiadadamente en ‘La izquierda exquisita’ (1970).

Cuando en vísperas de las segundas elecciones que mantendrían por un pelo a George W. Bush en la Casa Blanca le preguntaron que opinaba de todos aquellos intelectuales de izquierdas que amenazaban con irse del país en ese caso, respondió: “Me acercaré al aeropuerto a despedirlos”.