Ricciardo celebra el triunfo en China con su gesto habitual: bebiendo de su bota. EISELEAFP

En la Fórmula 1, como en la vida, tu suerte puede cambiar de forma radical de un día para otro. Una mañana te rompe el corazón y te resquebraja el ánimo y a la siguiente te sube al primer escalón del podio. Sin embargo, siendo honestos, no es sólo una cuestión de suerte. La fortuna es sólo un ingrediente, el resto lo tienes que poner tú. El sábado, Daniel Ricciardo vio como su motor saltaba por los aires en una explosión que rompió mucho más que su turbo y su MGU-H. Arrancó de cuajo algo mucho más fiable y duradero que el propulsor de Renault. Rompió en pedazos su eterna sonrisa.

Era un mal síntoma, algo nunca visto. Sus mecánicos lograron, en un nuevo récord de velocidad, sustituir su motor con menos de dos minutos de margen para participar en la clasificación. Ricciardo caminó por el filo del descalabro, pero salió y sin probar nada, sin ajustar nada logró pasar los cortes hasta clasificarse sexto. Esa fue la primera lección. Una de la que muchos se olvidan porque su egocentrismo no les deja ver mucho más allá de su propio ombligo. Lección número uno: No eres nadie sin tu equipo.

El domingo amaneció soleado y volvimos a hablar de estrategias, de simulaciones, de degradación, de paradas, de porcentajes, posibilidades, estadísticas… Era la fiesta en rojo con el sorprendente dominio de Ferrari. Era el fin del rodillo de Mercedes y su implacable superioridad en ese escenario, pero llegó la segunda lección: En las carreras nunca hay un guión escrito. Valtteri Bottas, el actor secundario, se convirtió en protagonista y a Ferrari, especialista en las últimas carreras con los efectos especiales de estrategia, se le mojó la pólvora y reaccionó tarde, muy tarde a la maniobra de Mercedes con el finlandés.

Contra todo pronóstico Bottas estaba realizando una gran carrera y lideraba el gran premio. Y parecía el final. Daba la sensación de que nada podría cambiar una procesión ordenada de coches con estrategias parecidas que se iban a perseguir hasta el final. Sin embargo, tercera lección: El efecto mariposa o teoría del caos también funciona en Fórmula 1. No fue exactamente el aleteo de una mariposa lo que cambió de nuevo la película. Fue el inoportuno error de Brendon Hartley llevándose por delante a su compañero de equipo en la curva 14 lo que abrió la debacle.

Un piloto arrogante

Coche de seguridad, doble parada magistral de Red Bull y cenicienta convertida en la reina de la fiesta. En realidad, dos cenicientas: Max Verstappen y Daniel Ricciardo que, acostumbrados a correr con los zapatos de cristal más lentos y frágiles de los favoritos, se veían de repente con neumáticos más blandos y más jóvenes y con opciones de ganar. Y llegó la siguiente lección. La más clara, la más grande, la más valiosa, la más dolorosa para alguno. La que todo el mundo pudo ver. El máster (de los de verdad) sobre adelantamientos que impartió Ricciardo demostrando, una vez más, que es el piloto más fino, virtuoso, paciente, valioso, seguro, rentable e inteligente del equipo Red Bull y probablemente uno de los mejores de la parrilla. Verstappen volvió a mostrar su carácter arrogante, agresivo, impreciso, inadecuado y poco sereno que demuestra que su enorme talento es directamente proporcional a su impaciencia y precipitación. Lo dije hace ya un par de años, si me dan a elegir hoy entre los dos me quedo con el australiano. Pasa el tiempo, Max sigue siendo joven e impulsivo. Alguien tendrá que domar su exceso de adrenalina y testosterona si quiere que algún día llegue a ser campeón del mundo.

Disfruté con la brillante salida de Carlos Sainz y también con el adelantamiento de Fernando Alonso a Sebastian Vettel. Fue sólo una anécdota teniendo en cuenta que el coche de Vettel estaba dañado, pero Fernando gestionó la situación con su talento habitual de carrerista para encontrar la forma correcta de pasarle. Correcta y brillante. No se dejó llevar por la excitación de un momento que seguramente disfrutó mucho. Una pequeña victoria en condiciones desiguales, pero una victoria al fin y al cabo. Ojalá que Mclaren le pueda darle pronto un poco más, o quizá un mucho más, para repetir el duelo en condiciones normales.

Me decepcionó Lewis Hamilton al que no he nombrado todavía porque se ha empeñado en ser invisible. Con una actitud gris, mentalidad depresiva durante todo el fin de semana, excesivamente cauto en la salida, negativo y lento. Eso sí, como dijo Nico Rosberg que estaba de turista en el paddock, “Hamilton siempre vuelve”. Le estamos esperando.