Hans Scholl, Sophie Scholl y Christoph Probst, líderes del movimiento Rosa Blanca, en Munich en 1942 USHMM PHOTO

Libro y aniversario: Carlos Hugo Asperilla novela el movimiento de los hermanos Scholl hace 75 años contra Hitler en ‘Rosas blancas para Wolf’ (La Esfera de los Libros)

El Gobierno demencial pero sistemático de Hitler dejó pocos resquicios a la disidencia interna durante sus 12 años de terror. Hubo, sin embargo, un puñado de alemanes lo bastante valientes o desesperados para plantar cara al régimen nazi, que los fulminó con su eficacia característica. Nombres como Georg Elser, el Círculo de Krasau o la Capilla Roja apenas son conocidos, pero el cine nos ha familiarizado en los últimos años con otros como Oskar Schindler, el coronel Von Stauffenberg, que atentó contra el Führer pero no lo mató, y Sophie Scholl, líder con su hermano Hans del grupo la Rosa Blanca.

Carlos Hugo Asperilla (Madrid, 1968) ha novelado las actividades de este movimiento de resistencia pacífica en Rosas blancas para Wolf, que publica La Esfera de los Libros transcurrido casi un cuarto de siglo desde que el escritor se enganchara a la Segunda Guerra Mundial y al nazismo precisamente después de ver dos películas: La lista de Schindler, que retrataba sin piedad la realidad de los campos de exterminio, y Los rebeldes del swing, sobre el adoctrinamiento de los jóvenes alemanes en las Juventudes Hitlerianas.

El libro, publicado inicialmente en 2007 tras ganar el premio de narrativa de la Fundación Drac, germinó cuando a esos dos temas potenciales se añadió un tercero, la Rosa Blanca, y una imagen bien poderosa que obsesionó al autor desde que la conoció por una enciclopedia, la de la mujer de un jerarca nazi que entró en un campo de exterminio por error al confundirse de tren, y de la que nunca más se supo. Asperilla ideó con todo ello una trama que trata por un lado de las tribulaciones de Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz, para poner en práctica la solución final en su campo y, por otro, del conflicto de un joven miembro ficticio de las Hitlerjugend, Wolfgang, cuya hermana -estudiante en Baviera- le relata por carta su acercamiento al grupo disidente.

La Rosa Blanca difundió seis series de octavillas que elaboraban con tinta de té para no dejar rastro. Sus miembros eran cinco alumnos de la Universidad de Múnich unidos por el antimilitarismo y los ideales cristianos, a los que dieron cobertura un profesor, Kurt Huber, y algunas personas de su entorno. Escogían a sus destinatarios al azar en la guía telefónica o entregaban los folletos en mano a personas de confianza para que los distribuyeran. Por lo demás, realizaban pintadas como «Libertad» o «Hitler, asesino del pueblo» y desafiaban al régimen abandonando la clase cuando los nazis los arengaban desde la tribuna del profesor.

La actividad del grupo guarda mucha semejanza con la del matrimonio Hampel, que distribuyó tarjetas con mensajes antinazis en edificios concurridos de Berlín e inspiró a Hans Fallada el argumento de su gran novela Solo en Berlín.

A los hermanos Scholl los arrestaron cuando Sophie subió a lo alto del atrio de la universidad con voluntad de arrojar unas octavillas sobre los estudiantes que salían de clase. Un conserje afín al partido la sorprendió y cerró de inmediato las puertas a la espera de que llegara la Gestapo. El resto de la organización cayó en la redada posterior, y todos fueron llevados a juicio y condenados. Los primeros en comparecer, el 22 de febrero de 1943, ante el juez Roland Freisler, no conocido precisamente por su imparcialidad, fueron Hans y Sophie Scholl y Christoph Probst, sentenciados a morir en la guillotina ese mismo día.

A Asperilla le interesaba destacar algunos aspectos tangenciales, si se quiere, de la trama. Por ejemplo, la personalidad de Höss, «una especie de Charles Manson, que nunca mató a nadie con sus propias manos, pero proporcionó las armas y el impulso para que otros lo hicieran», así como el carácter ambivalente de Wolfgang, bientencionado pero odioso, a quien el lector debe decidir si quiere o aborrece.

Rosas blancas para Wolf acierta también a expresar la magnitud de la atracción física que muchas mujeres sentían por Hitler. «La gran mayoría de las jóvenes de la Sección Femenina contaban en su casa con altares para venerar su figura, y en los desfiles había quienes tiraban los corsés a su paso», señala Asperilla. «Imperio Argentina admitió haber quedado fascinada por la belleza de Hitler; dijo que le pareció un hombre apuesto y magnético, y que nunca olvidaría aquellos ojos color azul intenso. De manera muy inteligente, el Führer utilizó ese magnetismo y supo manejarlo a su favor. Por eso escondió al público a su novia Eva Braun, con el fin tener a las alemanas eternamente esperanzadas», concluye Carlos Hugo Asperilla.