El sistema inmune reacciona a la dieta occidental como si fuera un patógeno
El sistema inmune reacciona a la dieta occidental como si fuera un patógeno – ARCHIVO

INMUNOLOGÍA

La inhibición de la síntesis de colesterol atenúa la actividad del sistema inmunitario innato y, por tanto, disminuye el riesgo de aparición de enfermedades inflamatorias

MADRID11/01/2018 18:07hActualizado:11/01/2018 18:08h

La dieta occidental, tal y como mostró un estudio publicado en noviembre de 2016, provoca que nuestra flora intestinal sea menos poblada y variada y, por tanto, menos eficiente. Un efecto ciertamente nocivo cuyas consecuencias van más allá de sufrir una, o muchas, malas digestiones. Y es que cada vez son mayores las evidencias que constatan que la flora intestinal juega un papel determinante en la actividad de nuestro sistema inmune. Sin embargo, y como muestran cuatro estudios dirigidos por investigadores de la Universidad Radboud en Nimega (Países Bajos), parece que el daño inmunitario asociado la dieta occidental va mucho más allá, hasta el punto de que este tipo de alimentación puede, por sí solo, causar estragos muy importantes y duraderos en nuestro sistema inmune –lo que explicaría el mayor riesgo de enfermedad cardiovascular asociado a la ingesta de grasas.

Concretamente, los estudios, publicados en la revista «Cell», muestra cómo las dietas ricas en grasas y colesterol, caso de la ‘occidental’, provocan, cual patógenos, una alteración a largo plazo de las células madre inmunitarias que, entre otras consecuencias, aumenta el riesgo de desarrollo de enfermedades inflamatorias. Pero no todo son malas noticias. Dado que el colesterol parecer ser el responsable de este mayor riesgo, cabe la posibilidad de que las estatinas puedan resultar muy, pero que muy útiles en el tratamiento de muchas de estas enfermedades inflamatorias.

Objetivo: mevalonato

El sistema inmunitario constituye la primera defensa del organismo frente a los invasores procedentes tanto del exterior –caso de los virus y las bacterias– como del interior –como sería una célula cancerígena–. Y para ello, consta de dos partes: un sistema inmune adaptativo, que actúa de forma rápida e inespecífica, atacando y destruyendo a todos los invasores que se le pongan por delante; y un sistema inmune adaptativo, mucho más pausado y que, tras ‘contactar’ con un patógeno, crea células inmunes y células de memoria específicas para ese invasor. Así, y en caso de volver a encontrarse de nuevo con el patógeno, responderá de forma contundente y precisa, es decir, sin efectos colaterales –lo que no siempre sucede con el sistema inmune innato, cuyo ataque o ‘respuesta inflamatoria’ puede ser tan burdo que acaba causando daños a las células del propio organismo.