El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, en Bruselas. OLVIER HOSLET

La Comisión Europea presenta su batería de propuestas para la reforma de la Eurozona

Al igual que ocurrió en su discurso sobre el Estado de la UE, en la presentación del Libro Blanco para el futuro de la Unión e incluso en el esperado y brutalmente ignorado Informe de los Cinco Presidentes, la Comisión Europea presentó este miércoles su batería de propuestas para la reforma de la Eurozona ante la indiferencia, la hostilidad o la decepción de casi todas las partes implicadas.

Juncker, de nuevo, trató de contentar a los extremos, rebajando el paquete para los ‘halcones’ y edulcorándolo para las ‘palomas’. Y no funcionó. “Aunque va en la buena dirección dista mucho de ser lo que el euro necesita para las próximas décadas, pero poco más se puede hacer”, resumía una alta fuente comunitaria

Contentar a 19 o a 28 Estados miembros es tarea imposible. Pero renunciar sistemáticamente a la batalla por temor a una más que probable derrota empieza a ser la tónica de la que autoproclamó como la Comisión Europea más política de la historia. Bruselas lleva meses trabajando en un proyecto que todos saben necesario, pero que cada parte interpreta de forma diferente. Macron, como la mayoría de sus predecesores desde hace años, cuando no siglos, apuesta por la refundación, la revolución, tal y como expuso en su ambicioso y atrevido discurso de la Sorbona. Alemania, como siempre, no tiene prisa ni ganas de cambios profundos. Le bastan retoques cosméticos, ajustes a una gobernanza intergubernamental que perfile lo hecho durante el último lustro y lo adopte a las nuevas necesidades y realidades, pero sin estridencias. Pragmatismo y eficacia.

En medio, media docena de países realmente involucrados. Como Holanda y Austria para frenar cualquier deriva institucional. Como España, muy preocupada por la creación de un fondo de absorción de shocks. O como Italia y Portugal, animadas por la elección de Mário Centeno como presidente del Eurogrupo y esperanzadas en la posibilidad de un euro más social, más democrático, más integrado.

La Comisión quiere una ‘hoja de ruta’ de aquí a abril de 2019. Que empiece la semana próxima, con la celebración de una importante Cumbre del euro en Bruselas, tras el último Consejo Europeo del año, y que acabe el 30 de marzo de 2019 en la ciudad rumana de Sibiu, un día después de la consumación del ‘Brexit’. Pero todo el mundo en Europa es consciente de que poco o nada puede pasar hasta que haya Gobierno firme en Alemania. Merkel tiene creencias muy sólidas, pero la deserción de los liberales abre la puerta a una hipotética coalición con el SPD de Martin Schulz, que ha dejado claro que todo acuerdo de Gobierno implica una verdadera reforma europea. Y ése es el único factor que puede cambiarlo todo.

En la propuesta comunitaria, bajo el lema de “hay que arreglar el tejado ahora que brilla el sol”, hay cuatro pilares, ninguno desconocido: transformar el Mede (el mecanismo europeo de rescates) en un Fondo Monetario Europeo. Nombrar en la próxima legislatura a un superministro de Finanzas del euro, que sea vicepresidente de la Comisión, presidente del Eurogrupo y que responda ante el Parlamento Europeo. Incorporar el llamado Pacto Fiscal que se tuvo que poner como un parche nacional en los peores años de la crisis. Y, además, un vago paquete de herramientas anticrisis en el marco presupuestario. Algunas potentes sobre el papel, pero de difícil o pospuesta aplicación.

El primer ministro holandés es quizás quien mejor ha definido la postura de los ‘halcones’: “El que tenga visiones sobre Europa, que vaya al oculista”. El ministro en funciones alemán, Peter Altmaier, se limitó este miércoles a destacar la “importante contribución” y prometer que será “estudiada atentamente”, a pesar de que desde su Ejecutivo llevan semanas boicoteándola y filtrando información imprecisa, como por ejemplo que las atribuciones de ese Fondo Monetario, que se levantaría sobre la arquitectura actual del Mede, implicaría cambios para darle a Bruselas poderes que ahora están en manos de los 19 gobiernos o incluso de los parlamentos nacionales.

Las propuestas de la Comisión van al Parlamento y al Consejo para que las estudien, den forma y saquen a la luz si se estima oportuno a mediados de 2019.

FME. “Seguiría asistiendo a los estados Miembros en apuros económico. Además, proporcionaría el cortafuegos al Fondo Único de Resolución y actuaría como prestamista de última instancia para facilitar la resolución ordenada de bancos” si fuera necesario. Bruselas propone que si hay una mayoría reforzada del 85% entre los países se puedan aprobar medidas de urgencia. Y pide que se estudie una función estabilizadora” en el futuro.

Superministro. Moscovici y Juncker lo llevan pidiendo tiempo. Un vicepresidente comunitario y presidente del Eurogrupo, que sea el equivalente a la actual alta representante para la Política Exterior y la voz del euro en el mundo. Sin duplicar labores. Empezaría en la próxima legislatura en la Comisión y se pide a los países que informalmente lo votaran como presidente del Eurogrupo también para un lustro, para que no sea necesaria una reforma de los Tratados.

Pacto Fiscal. Aplicar lo que se dijo en 2015 y meter en la legislación europea la “sustancia del Tratado de Estabilidad, coordinación y gobernanza”, pero incluyendo la flexibilidad a disposición. En 2015 lo firmaron 25 países (checos y británicos no) y las instituciones quieren que pase a ser acervo. El problema es que los ‘halcones’ creen que Juncker y Moscovici tratan de colar una relajación encubierta del Pacto de Estabilidad, una forma de limitar la austeridad y dulcificar la capacidad de presión. A pesar de que en todo el documento no hay referencias a mutualizaciones, transferencias fiscales ni nada parecido. Aun así, en la contrapropuesta alemana se aboga por ceder las competencias de supervisión fiscal precisamente al Mede, con un alemán como Klaus Regling al frente y mucho más amigo de la ortodoxia y la disciplina.

Mecanismos de estabilización. Cuatro ideas en este apartado: una línea de ayuda para ayudar, con dinero y expertos, a que los Estados hagan las reformas estructurales necesarias. Un mecanismo (facilidad, en terminología local) para facilitar la entrada al euro de quienes no se han lanzado aún, como Juncker anunció en septiembre en Estrasburgo. Un cortafuegos para la Unión Bancaria, que ofrezca financiación si fuera insuficiente la disponible, y que sería canalizada a través del Mede. Y un mecanismo que permita a un país afectado por un shock mantener la inversión pública y no paralizar la actividad, pero poco más. No hay dinero, ni cifras en la retina, ni fecha siquiera para lograr un seguro de desempleo común, ideas que estaban en la lista pero cercenadas por el ‘lobby’.