06.12.201705:00 H. – Actualizado: 5 H.

Conocemos muchas novelas a las que la muerte de los autores dejó sin conclusión, pero existe otro tipo de novela inacabada en los anaqueles: la novela imposible que el autor, por un exceso de ambición en el planteamiento o de neurosis durante el proceso de escritura, fue incapaz de escribir. Sobre las primeras, como ‘El amor del último magnate’, de Scott Fitzgerarld, o ‘Sanditon’, de Jane Austen, hay poco más que decir. La muerte puede ser tremendamente inoportuna. Sobre las segundas, en cambio, flota un misterio mucho mayor. Son proyectos tan complejos, grandes y difíciles que ni los grandes genios de la literatura universal pudieron convertir en libros. Son las novelas que derrotaron a su autor.

David Torres dice que el limbo de los escritores es el espacio donde van cayendo los proyectos inconclusos. Su último libro, ‘Palos de ciego’ (Ed. Círculo de Tiza), es precisamente una novela rescatada del limbo donde anduvo décadas, transformada finalmente en un libro muy diferente al de su proyecto inicial. Es, finalmente, un ensayo literario delicioso que cabalga entre la autobiografía, la historia y la reflexión literaria, donde el autor da cuenta de todas sus intentonas fallidas e investiga la muerte de su hermano mayor, que se llamaba como él.

'Palos de ciego' (Círculo de Tiza).
‘Palos de ciego’ (Círculo de Tiza).

La idea que empujó a Torres a hacer una novela es un aparente episodio histórico: la presunta ejecución de cientos de cantores ciegos ucranianos a manos de Stalin y su policía política. Leyó esto en una biografía de Dmitri Shostakovich, supo que en la masacre había una novela, y a medida que investigaba se adentró en una bruma impenetrable. La matanza de los cantores ciegos aparecía y desaparecía en los libros de historia. Se llenaba de contradicciones y afloraban incoherencias. El estalinismo es un tiempo terrible y los historiadores han derramado sobre él no poca imaginación. Los millones de muertos bailan arriba y abajo, provocan agrias discusiones académicas, dan pie a muchas dudas. A David Torres lo habían condenado a no terminar un libro.

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‘La novela luminosa’, de Mario Levrero, es uno de los libros más interesantes sobre este fenómeno. En la edición final, aparece a modo de prólogo el diario con que el autor se consolaba mientras trataba de escribir esa novela. El prólogo ocupa la mayor parte de las 600 páginas, que concluyen con ‘La novela luminosa’ relegada en forma de epílogo, mucho menos interesante que el diario agónico que nos la presenta. También es célebre ‘Plegarias atendidas’, de Truman Capote, la novela que el autor intentó escribir durante los últimos años de su vida, sobre la que habló mucho con periodistas, de la que alardeó ante el público y que finalmente se convirtió en un infierno imposible de transitar.

La novela ‘Plegarias atendidas’ se convirtió para Truman Capote en un infierno imposible de transitar

He preguntado a escritores españoles por sus proyectos imposibles. No todos han sucumbido de esta forma. Marta Sanz dice que nunca ha experimentado la sensación, “ni el vértigo o el bloqueo ante la página en blanco. Creo que, lo mejor que he podido o sabido, he escrito los libros que he querido escribir con honestidad. Puede que el bloqueo o la imposibilidad de culminar un proyecto se relacione con cierta visión grandilocuente de la literatura o de la GRAN OBRA. Ambas nociones las tenemos muy interiorizadas en la zona ‘cultural’ de nuestro cerebro. Junto con la del escritor bohemio, desesperado o histérico. A mí me gustan las obras pequeñitas, el pico y la pala, el oficio de escribir”.

Ocurre lo mismo con Arturo Pérez-Reverte, Juan José Millás y Javier Marías. De una forma u otra me dicen que se consideran en este aspecto personas muy afortunadas. La misma suerte tiene Maruja Torres, que dice que esto solo le pasaba cuando era adolescente, “cuando empiezas algo pero luego te das cuenta de que no eres tú, que son tus lecturas, y mal copiadas”.

Antonio Orejudo sí admite haber lanzado novelas al limbo, pero no por su obsesión con llevar a cabo una obra de altura literaria, sino todo lo contrario. Dice que sueña con escribir un ‘best seller’ “que me saque de la miseria y me convierta en un fenómeno planetario más allá de la literatura. Este proyecto lo he empezado muchas veces, y en alguna ocasión he llegado a tener un torso narrativo de un centenar largo de páginas. Pero siempre me ha pasado lo mismo: cuando lo releo para corregirlo, empiezo a tachar cursilerías, comparaciones chatas, personajes inverosímiles, tramas absurdas y al final lo que queda no me da ni para un microrrelato”.

Antonio Orejudo. (EFE)
Antonio Orejudo. (EFE)

A Elvira Lindo sí que la derrotó una novela de los años en que vivió en Chueca, “cuando aún estaban la droga y los travestís de espectáculos baratos que había por allí. A todos me los encontraba cuando iba temprano por la mañana al colegio. Ellos se estaban retirando. Trataba de un padre de familia que, poco a poco, se va travistiendo. Por el día trabaja en un colegio público y por la noche en un espectáculo de cabaret”.

¿Qué le hizo imposible terminarla? Lindo es tajante: “La pereza. Requería investigación”. ¿Supone un tormento tenerla inconclusa? “La idea no me atormenta, me encanta. Y creo que es muy valiosa, porque trataba aquellos años de transición (no de la Transición), entre un mundo como el nuestro en el que se habla abiertamente de los cambios sexuales y aquel universo de los ochenta. Quienes se enfrentaron a aquello sufrieron mucho”.

Sergio del Molino sí admite haber abandonado dos novelas “en estado dispar, pero más o menos avanzado, de ejecución”

Sergio del Molino sí admite haber abandonado dos novelas “en estado dispar, pero más o menos avanzado, de ejecución. He vuelto a ambas con resultados infructuosos. Hace mucho que no siento ganas de sacarlas del cajón y no sé si lo haré en los próximos años”. La primera versa sobre la infancia. El problema fue su sensación de que “no escapaba del tópico de la infancia de las novelas, cuando lo que yo perseguía era un tono pícaro y perverso, a medio camino entre Sade y la pornografía popular valenciana del coño de la Visenteta”.

La segunda inconclusa de Sergio del Molino trata sobre terrorismo, sobre “un atentado absurdo que sucedió en 1972 por parte de un grupúsculo que resultó estar formado por hijos de abogados y militares franquistas”. Las dudas no resueltas sobre si enfocarlo desde la ficción o desde el híbrido de la crónica y la investigación, y su incapacidad para convertir ese suceso desconocido y puntual en arquetipo de la violencia de un país lo arrojaron a la lona. “Me estaba quedando una mierda y no sabía cómo enderezarla. Aún no lo sé”.

La receta de Aramburu

Por último, Fernando Aramburu, a modo de guía de escaladores alpinos, ofrece su truco personal para alcanzar la cima de todas las novelas que se le presentan: “Para que no suceda tal cosa, tomo una serie de precauciones. Me impongo, además, un rito. Si supero la página 50, entonces me cierro a la posibilidad de abandonar la tarea. En cuanto a las precauciones, son de tipo técnico y ninguna, salvo el desenlace, afecta directamente a la trama. Prefijo la estructura, una particular manera de modular la lengua escrita, los narradores, el elenco de personajes principales, el episodio final; en fin, determino el camino antes de emprender la marcha y enseguida me doy cuenta, en cualquier caso antes de la página 50, de si por la ruta elegida se puede o no llegar al lugar deseado. Me gusta mucho corregir. Creo que me dan más placer la corrección, el retoque y el cincelado de estilo que la escritura de la versión primera, por lo que no me agobio a la vista de los fallos”.

No es la única receta, si atendemos al libro fascinante que le ha salido a David Torres. Tras muchas intentonas, obsesionado con que estaba haciendo una novela, tiró la toalla. Pero ¿la tiró realmente? Agustín Fernández Mallo cree que no: “Tengo la teoría de que los libros que se quedan en los cajones en realidad no existen; son uno de tantos mitos que la literatura crea de sí misma a fin de construir su relato épico/trágico. Si las ideas que contenía una novela fallida son buenas, emergerán de algún modo y por otro lugar. Y si eran malas, bien están olvidadas y enterradas. Por ejemplo, el caso del libro de David, es un ejemplo de que lo bueno siempre encuentra su buen cauce de un modo u otro”.